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Relato erótico – ¡Menudo regalo!

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Menudo regalo

“Venga, ábrelo! Lo he comprado para ti, no para mi!” dijo Abel con una sonrisa socarrona en su cara.
“Ya sabes que no me gustan esta clase de cosas”, replicó Julia. “No pensarás que después de mas de 20 años de casados no se lo hubiera podido pensar” pensó, pero no lo dijo en alto. No quiso empezar a discutir esa mañana con el. Y allí estaba, sentada en la mesa con el paquete delante de ella. Las empresas que hacen estos paquetes todavía no habían aprendido demasiado a empaquetarlo bien. Con una estúpida imagen de una chica sonriendo en plan sexy y como si acabase de tener el mejor orgasmo de su vida? Venga, pensó para si misma levantándose. “Voy a terminar de vestirme, tengo que ir a trabajar”, dijo dándole las gracias con un beso.

Justo 20 minutos antes, la mañana había empezado bastante bien. Ella entró en la cocina donde Abel estaba haciendo café y haciéndole una tostada para ella. Eso era el intento de una mañana de San Valentín, con la esperanza de ganarse unos puntos para divertirse un poco más tarde. Entonces se percató de las flores, los bombones y la bolsa de regalo en el rincón. “Tan creativo”, pensó y dijo: “Bueno, mira quién está en espirito de San Valentín!” dándole un beso.
“Tengo mis momentos” le respondió suavemente devolviéndole el beso, pero más profundamente esta vez.
“Entonces ¿qué hay en la bolsa?” le preguntó juguetona.
“¡Ábrelo y lo verás! ¡Espero que te guste!, le respondió.
Entonces cogió la bolsa y con una sonrisa de oreja a oreja le preguntó: “¿Cómo pesa? ¿Será una joya?”
“Venga, ábrelo y lo verás por ti misma.” Le contestó el.
Arrancó el envoltorio y vio el paquete, pero realmente no podría decir lo que era exactamente. Abrió el paquete, sacó el contenido y se escuchó diciendo: “¿…que coño es esto….?”
Ahora de vuelta en el dormitorio terminándose de arreglar para ir al trabajo, volvió a ver lo que acababa de pasar. “Que estaba pensando Abel”, se preguntó a si misma “Puede ser tan pervertido a veces. Porque hay mujeres que necesiten estas cosas?”
Julia no era una persona que se masturbaba a solas. La mayoría de las mujeres no lo admitirían, pero ella realmente no se podía acordar cuando lo hizo la última vez. Estaba bien con Abel cuando hacía esa cosa ahí abajo. Y entre que se hacían cada vez mas mayores y la familiaridad, la frecuencia de relaciones físicas había caído un poco, pero ella estaba cómoda con el estado actual.
Aún así ella intuía que Abel se daba una buena sacudida de vez en cuando, pero no quería ni pensar en ello. Mientras no hiciera algo totalmente pervertido o con otra persona, no le importaba lo que hiciera el solito y en privado. Aunque a veces, en raras ocasiones cuando estaba en un estado de ánimo algo raro, se imaginaba viendo como el jugaba con su miembro y eso le ponía, pero la mayoría de veces, no quería ni pensarlo.
Luego pensó en esa cosa. Esa cosa en esa caja. Mientras su pensamiento inicial era que era raro y grosero, le pareció raro que había gente que diseñaba, producía y empaquetaba ese tipo de cosas. ¿Quién y como era esa gente? ¿Tenían un control de calidad? “Quiero decir: hay gente que se dedica a testar esta clase de cosas?” se escuchó decirlo en voz alta delante del espejo. “Le pagan para jugar con esas cosas y dar su opinión? ¿O hay algún pervertido que los diseña esperando que le guste a las mujeres?”
Entonces, de repente se volvió curiosa. Se preguntó como se sentiría. Se recordó de una amiga en el instituto que le contó una vez que utilizaba un cepillo de dientes eléctrico una vez y le había gustado. La vibración de el fue tan salvaje. Es mejor que utilizar tus dedos, le dijo esta amiga. Y mientras Julia siguió pensando en ello, su curiosidad seguía creciendo. Miró su cepillo de dientes eléctrico y al mismo tiempo se dijo que no intentando parar de pensar en todo esto.
Fue cuando Abel entró al baño mientras ella estaba terminando de maquillarse. “Voy a salir. Que tengas un feliz día de San Valentín, mi amor y hablamos luego!” se despidió.
“Tu también. Te quiero.” le dijo dándole un beso.
Entonces Julia empezó a vestirse, pero se paró. Quería cambiarse la ropa interior a un conjunto sexy que compró antes de las vacaciones. Se quería sentir sexy todo el día esperando que eso le ayudara a llegar al mismo estado de ánimo hasta la noche. Aún así el había comprado esa cosa para probarla la noche de San Valentín. Ella necesitaba el sexo de vez en cuando y especialmente cuando se esperaba, como hoy.
Sacó un tanga, liguero y sostén del armario y se quitó las otras bragas. Cuando se las puso sintió una punzadita de excitación. Amaba sentirse sexy debajo de su ropa normal, conservadora de trabajo. La tela de su vestido la hacía sentir como si no tuviera nada puesto salvo el liguero. Pensó que se sentiría como si solo tuviera puesto la ropa interior. No se consideraba una exhibicionista, pero eso sería lo mas cerca de exponer su cuerpo a otros. Después de todo seguía teniendo un cuerpo agradable de bikini e incluso llevaba bikinis para la piscina o la playa, pero esto le parecía más aventurero. La gente en la piscina se espera a otra gente exponer su cuerpo de esa manera. Pero la gente no se esperaría a una mujer vestida solo con un tanga y un sujetador. Un destello de excitación recorrió todo su cuerpo bajando hasta su coño donde de repente sentía un hormigueo. ¿Le gustaba en secreto exponerse a otras personas? ¿Le gusta que un completamente extraño la viera desnuda? Sintió como sus mejillas enrojecer. “¿Tía, que estas pensando?”, se pregunto a si misma, esta vez en voz alta delante del espejo.
Bing, hizo su teléfono. Un mensaje de Anabel a quien se suponía que vería para un café. Siendo un agente inmobiliario le daba la libertad de trabajar cuando y como le daba la gana y tenía ganas de ver a su vieja amiga.
El mensaje decía “¿Estás de camino?” Ella respondió: “¡Todavía no!” “Bien, porque tengo retraso. Estaré ahí dentro de 20 minutos”, le escribió Anabel.
“OK, saldré dentro de unos cuantos minutos y te veré allí”, le respondió Julia y volvió a la cocina para dejar su taza en el lavavajillas.
Entró a la cocina y vio la caja y resopló. “Que se había pensado?”, se preguntó a si misma. Cuando quiso salir sin saber porqué se paró delante de la mesa y se quedó mirando la caja. “estimulador para clítoris?” No son muy creativos, ¿no? Luego cogió la caja y siguió leyendo: “Este suave pero firme vibrador incrementa hasta 5 veces la intensidad y placer estimulando el área del clítoris para un orgasmo intenso y reconfortante.”
La imagen del objeto pareció rara. Era de color rosa (como no), con un diseño que se asimilaba aun pescado con una cuerda que lo unía a otra parte en forma de huevo alargado. Pensó: “Me sentiría tan estúpida poniendo esta cosa en mi conejo…” y puso el paquete encima de la mesa y se salió.
El pensamiento en esa cosa se le fue de la cabeza mientras conducía y revisó sus correos de voz – un hábito de muchos agentes que trabajaban fuera. Se fue hacia la cafetería donde había quedado con Anabel. Cuando vio a Anabel delante de la cafetería se saludaron y abrazaron y entraron para pedir sus cafés. Encontraron una mesa en la terraza y Anabel se fue hacia ella. Mientras Julia esperaba los cafés se volvió a acordar de sus lencería sexy y sintiéndose como expuesta giró la mirada para ver si alguien la estaba mirando. No parecía que hubiera nadie mirándola demasiado. Pero se preguntaba si los chicos de la tienda posiblemente le echarían una mirada cuando entró. El pensamiento en la posibilidad le dio un toque de excitación.
Salió con los cafés y se sentaron en una mesa alta con taburetes de metal. Julia puso los cafés en la mesa y se sentó. El metal frío se sentía agradable y elevó el nivel de su excitación. El pensamiento a esa cosa que le regaló Abel esta mañana volvió a pasar por su cabeza.
“¿Que tal el curro, que tal las cosas? ¿Tenéis planes para San Valentín?”, le preguntó Anabel y sacudió a Julia al momento presente.
“Si”, respondió Julia, “normalmente vamos a cenar, pero todavía no lo sabemos. Pero, oh por Dios, te tengo que contar lo que me ha regalado Abel para San Valentín!”
“¿Una peli porno?”, preguntó Anabel
Soltando una risita Julia le respondió “No, algo tipo juguete”
“ ¿Que tipo de juguete?”, insistió Anabel
Julia se incomodó ligeramente al tener que explicarlo: “Bueno, ya sabes “ y bajó la voz “un juguete para adultos. Un vibrador.”
Anabel estalló a risas: “¡No me lo creo!” Julia se lo confirmó: “Si, lo hizo”
“Para San Valentín?” Que loco…” dijo Anabel todavía riendo.
Defendiendo a Abel, Julia comentó: “Bueno, quiero decir, me regaló las flores obligatorias y los bombones, pero además esa cosa. Y la verdad que me ha parecido un poco grosero. No sé.”
“Si, ya se, son raros, pero has probado alguna vez uno?” le preguntó Anabel
Julia se quedó confusa y le respondió: “No por supuesto que no!”
“¡Venga, Julia, deberías probarlo una vez!” Julia se quedó más perpleja todavía cuando Anabel le recomendó esto.
“Espera, me quieres decir que tu los utilizas?” Anabel volvió a reírse y se entusiasmó: “¡Si, por supuesto! ¡Te libera mucho!”
Eso le intrigó a Julia: “¿Qué quieres decir con eso?”
Anabel sin intentar de callarse continuó: “ considera la posibilidad de poderte dar un orgasmo a ti misma sin tener que aguantar aun tío. Quiero decir, con ese aparato no te tienes que preocupar si llegas al orgasmo o no o si lo tienes que fingir para que el se siente mejor. Simplemente lo disfrutas. Y ya está.”

“¿Porque no simplemente usas tus manos?” preguntó Julia.
Anabel se inclinó hacia Julia para dejar claro su argumento: “Porque no te puedo ni explicar la sensación. Lo tienes que experimentar por ti misma!”
Se quedaron en la cafetería un rato más, que al final resultó ser más de dos horas. Julia tenía que enseñarle una casa a un cliente por la tarde, pero cuando se despidió de su amiga se encontró conduciendo de vuelta hacia casa. No tenía la necesidad de irse a la oficina ahora mismo, nadie la había llamado y no había ninguna reunión ese día. Dejó el coche delante de casa y decidió que iba a ver los mensajes que le habían entrado y prepararse para la demostración de esa tarde, haciendo un listado con inmuebles comparables a la casa que iba a enseñar.
Entró a la casa, cerró la puerta y se fue a su despacho, pasando por delante de la cocina donde esa cosa todavía estaba encima de la mesa. Continuó, pero de repente escuchó resonar las palabras de Anabel “lo tienes que experimentar por ti misma”. Como si estuviera en control remoto anduvo hacia la mesa de la cocina y abrió el paquete. Mientras se preguntaba: “¿Qué estoy haciendo?” Cuando sacó el contenido del paquete, su corazón empezó a latir más fuerte. Empezó a sentir un cosquilleo en su conejo cuando sacó sacó la suave, pero firme pieza de plástico y sentirlo con sus dedos mientras se imaginaba que se sentiría en su clítoris. Sus manos empezaron a temblar de los nervios y sacó las pilas. El aparato ya tenía pilas y presionó el botón de encendido como si fuera una bomba que iba a explotar en cada momento. El aparato empezó a vibrar entre sus manos en un suave zumbido. Lo volvió a apagar y encender para ver lo que se sentía y como se controlaba. Apagándolo, lo dejó encima de la mesa y dio un paso atrás. “Que coño estoy haciendo?” se pensó. Se dio la vuelta y volvió a su escritorio dejando ese aparato en la cocina.
Se sentó delante de su ordenador intentando de hacer su trabajo, pero cada pensamiento que tenía era esa cosa. “A la mierda”, se dijo y regresó a la cocina. Antes de pensárselo demasiado, cogió el aparato y se fue al dormitorio. ¿Cuándo fue la última vez que tuvo un orgasmo? Ya ni se acordaba. Cerró la puerta del dormitorio. No quería que Abel la viera hacer algo que nunca pensaría que haría. Tiró el juguete encima de la cama, se quitó el vestido y lo dejó caer al suelo.
Se sentó al filo de la cama, cogió el juguete, lo volvió a encender, esta vez sabiendo lo que le esperaba. Lo volvió a mirar mientras vibraba en su mano y se lo puso en su pezón izquierdo, el menos sensible, preocupada por si pudiera doler un poco. Le encantaba la sensación cuando Abel le lamía los pezones, así que sería el punto de partida para su testaje.
Incluso con el sujetador puesto la sensación fue muy buena y después de un momento estuvo lista para darle a esa cosa el uso adecuado. Dejándose el tanga puesto, como si la protegería, empezó lentamente a presionarlo contra sus labios mayores. La sensación la asustó de primero, como si pusieras un cubito de hielo sobre una piedra caliente. Fue entonces cuando le costó contenerse a si misma. La sensación se disparó a través de su cuerpo y la capturó. Rápidamente apartó el tanga y suavemente frotó el estimulador por todo su coño. Hacia arriba y abajo, separándolo y volviendo a apretarlo. Miró hacia abajo y vio como había mojado la cama. “Mierda” dijo en voz alta y fue a por una toalla.
Volvió y mientras el estimulador todavía estaba vibrando suavemente encima de la cama, se quitó rápidamente el sujetador y el tanga, pero se dejó puesto su liguero. Tirándose en la cama se le escapó una risita mientras se acostó encima de la toalla y se acomodó. Abrió la piernas y no perdió mas tiempo. Apretó el estimulador contra su clítoris e inmediatamente empezó a gemir de placer. Sintió las contracciones y el hormigueo desde su abdomen hasta su culo y hasta abajo a los pies.
En cuestión de unos cuantos segundos empezó a convulsionar incontrolablemente, sus piernas temblando, un gemido bajo y lento “Diossss” vino de sus adentros. El orgasmo vino rápido y fue tan intenso que perdió por completo el control sobre su cuerpo. Sintió la humedad salir de su vagina y mojar la toalla. Había escuchado de la eyaculación femenina, pero no estaba segura si fue lo que había producido su cuerpo en este momento, aunque tampoco le preocupaba mucho.
Su orgasmo se ralentizó un poco y tuvo la oportunidad de coger aire, aunque justo cuando su primer orgasmo se estaba terminando, el segundo empezó a erigirse. Este fue mas fuerte que el primero, incluso no pudo ni respirar. Un agudo “Oh, oh, oh, Dioooooooos” pareció salir de su boca incontrolablemente y empezó a volcarse de un lado hacia el otro, apretando el estimulador lo mas fuerte que podía contra su clítoris. Apretó la cara contra una almohada para ayudar a silenciar su grito. Esto era demasiado. Todavía estaba gimiendo mientras se sosegaba el segundo orgasmo y su cuerpo todavía se sacudía esporádicamente.
Tuvo que forzarse a si misma de separar el estimulador de su coño. Se quedó acostada jadeando y sintiendo como su cuerpo se relajaba poco a poco de los espasmos. Cuando pudo volver a controlar sus movimientos de nuevo, cogió el estimulador para mirarlo de ojo a ojo. Estaba cubierto de sus jugos y le dijo: “¿Dónde has estado toda mi vida?”
Se quedo acostada al menos media hora mas, intentando de recuperarse. Puede que incluso se quedó dormida un ratito. Se forzó a levantarse y cuando se sentó se dijo en voz alta: “¡Menudo regalo! Esta noche Abel se lo ha ganado con creces!”

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